Posteado por: victordetord | 19 mayo, 2010

Salto de Eyipantla

Comimos en casa bajo la supervisión de la abuela, que cocina de maravilla y que no me quitaba la vista de encima para asegurarse de que, por mucho que le insistiera en lo rico que estaba todo, me gustase lo que con tanto amor nos había guisado. Acabábamos de conocernos y ya le había caído en gracia. Después, hicimos una pausita en los sofás del salón de la entrada y, antes de que nos diera un ataque de siesta, partimos en la camioneta blanca –tienen dos: una gris más cómoda y la blanca, que usan para transportar escombros y todo tipo de material pesado- hacia el Salto de Eyipantla, a un cuarto de hora del pueblo, torciendo a la derecha desde la carretera principal.

Salvador me enseñó una parcela que quería adquirir para levantar en ella su propia casa algún día, con perros y enanos incluidos, y paramos a comprar un six-pack para remojarnos el gaznate de camino. Al llegar al aparcamiento, un ‘viene-viene’ nos daba indicaciones, a gritos y con un pañuelo rojo, de cómo estacionarnos en batería, algo, cuando menos, surrealista.

Primero, fuimos a ver la parte de arriba, a través de los tenderetes de souvenirs, cruzando por un puente de cuerda que bailaba paralelo a otro de cemento, por hacer la gracia como tantos otros turistas, pagando una miseria a un tipo muy educado encerrado en una caseta minúscula y muerto de calor, y, en seguida, llegamos a una terraza con barandilla de cemento reforzado desde la que, a escasos tres metros, se sentía toda la violencia del agua. Esperé a que una guiri le tirase la foto de rigor al novio, que se repeinaba inútilmente, y me situé en la esquina izquierda. Me quedé mirando embobado la espuma que formaban en el borde del precipicio tantos litros y litros de agua por segundo, hice un vídeo mientras Salvador buscaba distintos ángulos desde los que contemplar la fuerza del río y me estuve fijando en un viejo árbol solitario que se asomaba al vacío por un costado de la cascada. Soñaba con vivir solo en una cabaña construida sobre su copa, recogiendo agua del río mediante un sistema de poleas, cultivando tomates en mi huerto con vistas, aparcando el biplaza americano oxidado frente a la escalera clavada al tronco, desmontando una vieja radio, matando de un flechazo al primer mono que pasara por ahí para asarlo a la luz de la luna y procurándome un mínimo de electricidad directamente de la propia catarata.

Luego, hicimos el camino inverso –otra vez por el puente salsero- para acceder a la zona de chiringos que daba a unas escaleras verde fosforescente. Éstas bajaban hasta un restaurante desde el que los locales comían pescado o se tomaban una cerveza frente al majestuoso salto del río. Había barro por todas partes debido a la humedad extrema y un arco iris instalado permanentemente frente a una arbolada en la que si uno cerraba los ojos mirando hacia el estruendo se mojaba la cara en apenas un par de segundos. Nos quedamos un poco más atrás comtemplando el espectáculo mientras acabábamos con la segunda cerveza y nos ofrecíamos para retratar a varios grupitos de guiris americanas o del norte de Europa. Al acercarnos a la zona de mesas una camarera sonriente que hacía rato que nos observava nos preguntó siete veces seguidas si no queríamos tomar nada y, después de explicarle otras siete veces que ya habíamos comido, pasamos de largo siguiendo el cauce de los rápidos.

Después del restaurante, venía un trozo de césped con media docena de árboles delgados y bien altos en la que algunos leían, otros se besaban y unos pocos chapoteaban en la orilla con un chaleco salvavidas puesto. Encontramos también ahí una pajarera en desuso y los restos de una barbacoa improvisada con cuatro piedras. Yo, siguiendo mi espíritu aventurero, quise ir más allá, saltando sobre las piedras hasta dónde no había nadie más y descubrí unas bragas colgadas de una rama. Salvador me siguió y estuvimos un rato acabándonos las cervezas calentuzas con el río delante que se curvaba a la izquierda y dejaba ante nosotros la bonita estampa de las mesitas del restaurante en la orilla con el salto de fondo.

Al rato, deshicimos el sendero tranquilamente sacando fotos. Unos chavales locales se tiraban desde las rocas y se bañaban ante la indeferencia de sus padres, ocupados a charlar con un digestivo bajo las sombrillas, y se agarraban a una cuerda amarilla, que atravesaba las dos orillas unos metros más allá, para no ser arrastrados por la corriente. Pedimos a una parejita que nos hiciese un par de fotos juntos, con la columna de agua detrás nuestro, nos acercamos para refrescarnos un poco y subimos despacio pero con paso firme los mil y un escalones que nos separaban del coche, que ya se habían encargado de lavar los ‘viene-viene’ –supuestos vigilantes del aparcamiento- y que nos obligaron con la mirada a soltarles una moneda.

Volviendo a casa, Salvador me contó que un día había traído a un colega suyo en el coche recién encerado de éste y que, aún explicándoles que no querían que les lavaran el coche y que les pagarían igual, porque era un buen carro y se lo podían joder, los muy toca-pelotas se lo habían refregado igual. Pero es lo que tiene la pobreza; la gente se inventa oficios para sacarse unas pelillas.

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