Posteado por: victordetord | 15 mayo, 2010

Chaquistes y hogar

Pasamos la mañana paseando por las calles de Veracruz en el Honda de Salvador y desayuné un par de empanadas que picaban cosa mala.

Primero, hicimos el malecón de punta a punta: una mitad estaba muy poco urbanizada y la otra aglomeraba decenas de bares, coctelerías y discotecas del lado mar, como aparcados en batería. Después, transitamos por las calles contiguas, en las que encontrábamos restaurantes con forma de crucero, grandes hoteles o chiringos de techo de paja bajo enormes carteles de las mismas marcas de cerveza.

Poca gente se bañaba, algún triciclo con sombrilla vendía refrescos elaborados con coco o sandía, las señoras se resguardaban del sol con paraguas y algunos atrevidos jugaban al fútbol playa sin importarles las elevadas temperaturas. Hice fotos de gente, pesqueros, el faro, la poli, carros tirados por un caballo, fachadas, una camioneta del ejército, autobuses, un campanario, taxis tuneados… y fuimos al taller a dejar el coche porque le fallaba la dirección asistida, mientras Marilyn hacía varios recados por su cuenta.

Habíamos comprado una nevera portátil –las hacen de porexpan para usar y tirar y valen muy poco, pero enfrían de puta madre y duran bastante-, hielo y cervezas, y aún quedaban unas pocas para hacernos la espera más llevadera. Marilyn tenía que venir a recogernos al taller con su Mini Cooper pero tuvimos que coger un taxi para ir en su búsqueda porque el tráfico estaba imposible por culpa de unas obras.

Salimos de Veracruz mucho más tarde de lo planeado e hicimos el máximo de camino posible para ganar tiempo. Yo insistí en sentarme detrás y me contorsionaba para sacar con dificultad alguna instantánea del viaje. A eso de las cinco de la tarde, finalmente, paramos a comer algo en un lugar muy bonito, con vistas a la laguna, en el que, según me dijeron, se comía muy bien. Y así fue. Mi pescado estaba de órdago pero no pude disfrutarlo del todo porque me pasé la comida espantando los insectos de mis piernas. Y como tenía tanta hambre por la hora que era, ni se me ocurrió pensar en ir al coche a por unos pantalones largos. El caso es que los putos ‘chaquistes’ –tan pequeños que ni los ves pero los más voraces que jamás probaron mi sangre- me inflaron a picadas y, salvo cuando me fui al jardín a observar un pájaro de color rojo intenso, lo pasé muy, pero que muy, mal.

Proseguimos nuestro camino, con el mar a la izquierda y la laguna a la derecha, hasta llegar a Tlacotalpan, el primer puerto español del nuevo mundo. Sus calles, tan coloreadas y tan llenas de arcos, invitaban a darse un paseo a pie. Nos apresuramos a curiosear sin rumbo fijo porque quedaba ya poco para que anocheciera y anduvimos por la plaza, callejones escondidos, el mercado o la orilla del río sacando fotos de todo lo que nos parecía interesante, como fincas despintadas, dos tipos empujando un vehículo averiado, cartelería singular, una furgoneta sin chapa que dejaba el tanque de gasolina y el catalizador al descubierto, el azul apagado de la iglesia o media docena de tragaperras en la pared exterior de un bar.

El último tramo del trayecto hasta San Andrés Tuxtla, el pueblo de Salvador en el que ya llevo unos días conviviendo con su familia, lo hicimos totalmente a oscuras, enganchando algún bache doloroso, porque las carreteras no tienen iluminación. Me aseguraron que era una región montañosa muy bonita y me prometieron que, como volveríamos a Veracruz o a Puebla tarde o temprano, tendría pronto ocasión de comprobarlo por mí mismo. Mientras, el copiloto se dormía a intervalos de veinte minutos –hasta llegó a roncar, y no veas si ronca el cabrón- y yo intentaba darle conversación a la piloto, preguntando cualquier tontería, no fuera a contagiársele el sueño de su futuro marido.

Al llegar a casa, saludé a mi nueva madre, que ya nos esperaba con semblante impaciente, conocí a mi nuevo padre, que me dijo algo como ‘para servirle’ y que no entendí bien del todo, me ofrecieron un refresco que pagué con una sonrisa de oreja a oreja, dejé los bártulos en mi nueva habitación y nos fuimos todos a cenar fuera.

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Responses

  1. La foto del tituto es magnifica. Donde lo tomaste?


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