Posteado por: victordetord | 14 mayo, 2010

Puebla

Nos marchamos temprano por una carretera de curvas hacia Puebla, una ciudad tan grande como Barcelona, a caballo entre la capital y Veracruz. Allí nos esperaba Héctor, un buen amigo de Salvador al que habían invitado a una barbacoa y a la que estaba previsto que nos sumásemos.

En la carretera, llevábamos un camión delante con unos faros extraños que hacían luces tipo comecocos cada vez que frenaba, adelantábamos algunos coches clásicos destartalados, parábamos a por patatas, un cargador de móvil y refrescos, pagábamos demasiados peajes y repetíamos la misma canción. Llegamos a destino que eran casi las tres y yo, preocupado porque el partido en Villareal estaba a punto de comenzar, le recordaba a mi amigo la hora que era, mientras esperábamos en una esquina a que viniesen a buscarnos. Me tapaba las piernas con el sombrero para que no me diese demasiado el sol y colocaba el brazo derecho sobre mi cabeza por el mismo motivo.

Llegaron a las tres y cinco. Les seguimos hasta una urbanización interminable de casas idénticas (unas cinco mil, por lo visto), saludamos a la gente y yo le pedí al dueño de la casa, Alex, que iba cojo y con un delantal muy mono, que si podía ponerme el partido. Me habían prometido que el tipo en cuestión tendría el Sky Sports pero resultó que se había dado de baja la semana anterior. Miré con cara de cabreo a Salvador y éste se partió de la risa. Le pregunté a Alex si tenía internet y me puso la segunda parte en su portátil. Resultó ser de puro trámite porque al descanso ya íbamos 0-3.

El caso es que nos pasamos la tarde poniéndonos hasta las cejas de chorizos, queso, pollo, guacamole, chicha de la buena, cerveza y un combinado a base de ron y café. Las mujeres discutían de sus cosas mientras entretenían a las niñas, yo me escaqueaba al baño un par de veces porque andaba flojo de tanta comida picante. Mientras, Alex sacaba fotos a diestro y siniestro. Convencimos a Salvador para que le enviase un mensajito a la novia diciendo que se quedaría a pasar la noche –habían quedado para cenar en Veracruz- y en seguida recibió una respuesta del estilo ‘haz lo que quieras’. Le estuvimos vacilando toda la tarde con el asunto.

Pasadas las siete de la tarde, anocheciendo ya, decidimos ir a casa del Boa –cuyo mote se debe a que de pequeño era muy cabezón; nada que ver con su miembro viril- a arreglarnos para llegar a tiempo al combate estrella de Las Vegas, que iba a ser televisado esa misma noche en un bar del que son asiduos. Héctor, el boa, nos prestó el apartamento de su hermana, frente al suyo, que esa semana no estaba alquilado, y yo, como niño chico, me instalé a la carrera en la habitación con la cama más grande. Mientras Salvador se duchaba, me resumían en Fox Sports los goles que no había visto. Me puse unos pantalones y una camisa arrugada que daban más o menos el pego, Alex apareció al rato y nos fuimos los cuatro en su coche al bar en cuestión, que estaba a unos cinco minutos.

La pelea entre el mejicano, que ganaría por K.O. técnico, y el puerto riqueño ya iba por el tercer asalto y en el bar no cabía ni un alma. Tenía teles por todas partes para que no hubiese ni un sólo ángulo desde el que no se pudiese ver la pelea por lo que siempre estábamos en mitad del campo visual de alguien. Apartaron la batería del escenario y nos pusieron una mesa improvisada en la tarima pero ni nos sentamos porque en seguida una parejita se marchó y nos quedamos con su mesa. El boxeador mejicano, mucho más joven, acabó ganando por pura voluntad y todo el bar lo celebró con euforia.

El siguiente combate, la pelea estrella de la noche, era entre dos afroamericanos y había reunido a Mohammed Alí, Will Smith y algún que otro famosete que se tapaba bajo una gorrita. Estuvo a punto de terminarse en el segundo asalto pero el que recibió la colleja consiguió mantenerse en pie de milagro, cambió la guardia, sufrió durante un par de asaltos, recuperó el liderato de los puntos conectando un par de buenos golpes según el rival, que era más rápido, se cansaba, pasó al ataque cuando se percató de ello y terminó por ganar en el último asalto, precisamente, por puntos, sumando así cuarenta victorias y ninguna derrota. Una bestia parda que ahora tenía un nuevo cinturón.

Total que pagamos las cervezas, volvimos a subir al coche, hicimos un trayecto de tres minutos y nos plantamos en el aparcamiento subterráneo del LP, una discoteca pija. Se me ocurrió sugerir que cenásemos algo antes de ir de copas y me dijeron que estaba loco, que como era humanamente posible que tuviese hambre después de toda la carne que había tragado horas antes. Así que nos plantamos en la puerta del local, el boa habló con el gorila tras la cinta, éste llamó a un camarero, nos hicieron pasar, levantamos los brazos para que nos cachearan, ante la mirada sonriente de un grupo de nenas bailando estratégicamente frente a la puerta, y nos acompañaron a la mesa del fondo de la zona V.I.P. que ya tenía un cubo de hielo esperándonos.

Entonces, le pegué un sorbo al Red Label y sentí un retortijón de los que asustan. Acabé sentado en la taza, cagándome en mi suerte –y nunca mejor dicho-, escuchando cómo el tipo de las toallas echaba ambientador de tanto en cuanto y sujetando la puerta que tenía el pestillo estropeado. Al volver, se mofaron un poco de la situación, como es lógico y normal, me acabé el cubata de un trago y nos pusimos a discutir de todo un poco.

A medida que caían los pelotazos me iba encontrando mejor, como Alex, que parecía tener un tobillo nuevo porque saltaba sin parar. La música de los ochenta que sonaba iba acompañada de un proyector frente a nosotros –parecía como si estuviésemos viendo vídeos musicales por detrás de una pantalla de cine- y cuando pusieron la del Tiburón, empezó la noche para mí. Pedimos la segunda botella que quedaba apenas una hora para que cerraran el local, me perdí varias veces entre la muchedumbre hablando con españolas y mejicanas, me hice amigo de uno al que le robé su sombrero –y al que recordaríamos con cariño cómo tiraba patadas voladoras entre risas- y que por lo visto había estado en Operación Triunfo, y a la mañana siguiente apenas recordaría lo sucedido el último par de horas. Eso sí, sé que nos marchamos del antro de los últimos, que desayunamos cerca del piso de Héctor que ya era de día, que Alex huyó en un taxi dejándonos su coche y que me golpeé la espalda con la litera de la habitación de Salvador haciendo el imbécil. Me lo contaron todo después de ver la motoGP con toda la resaca.

Luego, decidimos quedarnos a comer. Salvador tuvo que volver a cambiarle el plan a la novia (jaja) y nos llevaron a un local de mariscos. Casi no comí pero lo pasamos de puta madre rememorando para las mujeres de Héctor y Alex lo sucedido la noche anterior. Una Bohemia fresquita en zumo de tomate –michelada- y una empanadilla de aleta de tiburón me salvaron la vida. Llegamos a Veracruz de noche, cenamos en un italiano ambientado por una chica que cantaba y nos quedamos a dormir en casa de una prima de Marilyn, la novia enfadada de Salvador. A todo esto, esa noche, una de las mayores sudadas que recuerdo, empezaría mi idilio con el clima mejicano.

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Responses

  1. madre mía! si yo estuviera por ahí, creo que…o no comería o no saldría del baño ( odio el picante).
    Nene! vaya vida te estás pegando! al menos en este post…parece que hagas ruta y nunca repitas de cama 🙂 levantarse en un sitio y dormir en otro.

    Te gustan los gorros, no? they suit you!


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