Posteado por: victordetord | 9 mayo, 2010

El medallón

Cuando vino Salvador a buscarme aún estaba yo en la ducha porque me había dormido. Me avisaron de su llegada los ladridos de Hannah, la perra de Maria José, y cuando bajé a la cocina, al cabo de un par de minutillos, ahí estaba ella en pijama ocupándose de mi amigo, que además se había traído a su santa madre y a su hermana. Qué vergüenza. Al rato me despedí de mi amiga y nos marchamos rumbo a la ciudad sagrada de Teotihuacán, en la que vivieron los más exquisitos artistas de la antigüedad desde el 600 antes de Cristo.

De camino, me reía de algún cartel cachondo, les explicaba mi aventurilla por los Estados Unidos, por Tijuana y por la capital mejicana, sacaba fotos y nos poníamos al día en general. Como me dejaron sentarme delante, la conversación con Salvador, al que hacía casi cuatro años que no veía, estuvo bien amena. Pasamos por un par de pueblos de chabolas y divisamos la pirámide más alta al cabo de poco más de dos horas. Paramos a comer conejo al ajo con cerveza y algún que otro taco en la calle de los restaurantes que hay enfrente del recinto histórico y, mientras esperábamos a que nos sirviesen, media docena de chavales con cartas en la mano avasallaban a una parejita que no sabía si sentarse en una mesa al azar o salir de ahí a la carrera.

Tras el postre, fuimos derechos a las pirámides, pasamos delante de las tiendas de souvenirs, compramos una botellita de agua para cada uno, sorteamos mil y un vendedores ambulantes, y nos plantamos frente al primer escalón. Escalamos la Pirámide del Sol despacio porque los bloques de piedra medían más de palmo y medio, ayudé a subir a la madre de Salvador y le di mi sombrero de pescador verde que había encontrado en una playa californiana unas semanas atrás para evitarle una insolación. Las dejamos en el primer nivel descansando y mi amigo y yo nos fuimos hasta arriba.

En lo alto, quizás por la satisfacción de haber superado el esfuerzo, por algún residuo de energía ritual surgido de la propia piedra o por la presencia imponente de los restos de tan antigua ciudad a nuestros pies, se respiraba un aire diferente, casi místico. Los turistas comentaban entre ellos en diferentes lenguas y le grité ‘¡Atleti, Atleti!’ a uno que llevaba la camiseta del Liverpool. Absortos, mirábamos al infinito, cámara en mano, sonreíamos y yo sólo atinaba a balbucear: ‘¡Esto es impresionante!’.

Cuando bajamos, su madre y su hermana conversaban con otra señora, sentadas en el segundo piso. Abajo, decidimos ir a la otra pirámide, la de la luna, y ellas dijeron que se quedarían por el coche, que ya estaban cansadas de tanto sol y tanta caminata. Le dije a Salvador que me acompañara a comprar un sombrero de paja porque me estaba dando el Lorenzo de lo lindo y pagué por el que me pareció más chulo en dólares americanos. Cuando ya casi habíamos llegado a la otra pirámide, tras un largo paseo, se excusó para hacer una llamada y yo aproveché para darle conversación a un anciano vendedor de flautas de madera.

Brillaba su sonrisa por la plata que tenía en los dientes y me contó que llevaba cuarenta años dedicándose a ofrecer arte precolombino a los turistas. Según escuchaba su relato de la llama olímpica del sesenta y ocho coronando la Pirámide de la Luna, no pude más que sentir auténtica admiración por tan noble y valiente ser humano y casi le doy un abrazo cuando se despidió de mí. Salvador, colgado del móvil, ya se había sentado en lo alto.

Pronto le alcancé y al poner el pie en el primer escalón una guardia de seguridad chata con un sombrero más grande que ella me dijo que por ahí no podía subir, que se subía por la derecha. Le pregunté el por qué, si total esas piedras llevaban ahí generaciones y me dijo que así eran las normas. Le pregunté si se debía a que algún incauto se había despeñado años atrás y me dijo que claro. Entonces le dije que eso ya tenía algo más de sentido y que no fuera tan chula la próxima vez. Tras sus gafas de sol parecía fulminarme con la mirada y juraría que se moría de ganas de esposarme, por listo.

En esto que apareció un vendedor de pulseras cachas que me metió su bandeja bajo las narices, cortando la tensión en el momento oportuno, y le dije que no gracias. Entonces me preguntó que quién era el tipo que salía en mi camiseta. Le dije que era el gobernador de California, el amigo Terminator, y que me la había traído de L.A., a lo que añadió que me la cambiaba por lo que quisiera. Le dije que no gracias y me enseñó un par de artículos de plata. Pasó de una pulsera, a unos pendientes y, después, a un colgante. Yo no tenía interés alguno pero como era tan persistente le dije que me lo pensaría y me subí casi a la carrera hasta alcanzar a Salvador. Le conté que el vendedor me insistía mucho por mi camiseta de los chinos y que qué le parecía el asunto.

Al bajar, el tipo ya me estaba esperando al grito de: ‘España, España, ¿qué has decidido?’ y yo le contesté que trato hecho. Así que inmediatamente me puse en tetas, me miré su género mientras me aseguraba que todo lo que vendía era plata de ley, y acabé por canjearle mi ‘playera’ sudada por un medallón cojonudo del último guerrero azteca que habitó estas tierras, ante la atenta mirada de la cámara de mi amigo.

Cuando llegamos al coche, la madre y la hermana de Salvador, que le estaban dando a la sin hueso cómo auténticas cotorras porque hacía tiempo que no se veían, se quedaron mudas y tuve que asegurarles que no nos habían asaltado. Me puse otra camiseta y volvimos a la ciudad. Allí me enseñaron su negocio, una próspera tienda de ropa a precios más que razonables, nos tomamos unas cervecitas al abrigo del ventilador, nos reímos de la aventurilla, paseamos por el mercado y volvimos a casa para cambiarnos. Nos arreglamos y nos fuimos todos a cenar a un restaurante en el que me acabé el plato de los demás y no tuve valor para pedir postre. Más tarde, nos tomamos unos wiskys en el patio trasero de su casa. Se escuchaba de vez en cuando algún que otro disparo en la lejanía, hablamos de política, de la familia y de la vida, y nos fuimos a la cama pasadas ya las tres de la mañana.

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Responses

  1. jajajaja Victor me he ehcho un harton de reir con tus anecdotas jajaja, yo tambien he estado por ahi en el Agosto 2003 con Monica.. jejeje me alegro que estés con salvador y espero que estés bien..!!!!

    Viva mexicooooo.!!!

  2. interesante blog

  3. increible, solo te puede pasar a ti. buen trueke, disfruta de tu aventura.
    un beso dsde barna!!


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