Posteado por: victordetord | 26 abril, 2010

Peseros

Estos días, para moverme por la ciudad a precios asequibles, estoy cogiendo los autobuses que utilizan los de aquí. No tienen parada fija –basta con levantarles el brazo como a un taxi–, les llaman ‘peseros’ y son de los colores del Betis. Tampoco hay uno que no esté oxidado y echo polvo, vaya hasta los topes de gente y le pegue petardazos el tubo cada vez que el conductor cambia de marcha. En una de estas pensé que se había cargado el cambio por la crujida que le hizo el embrague pero al cabo de unos metros comprendí que era así como sonaba normalmente.

Como son más bien bajitos, acorde con la estatura media de la población local, y rara vez se tiene la suerte de ir sentado, en más de una ocasión me he bajado con dolor de cuello por ir todo el trayecto encorvado, con el techo pegado al cogote. La verdad es que siempre van llenos porque no son mucho más largos que una furgoneta de las grandes. Es por esto que si subes de los últimos te puede tocar estar en el primer escalón, agarrado al espejo porque la puerta nunca cierra y rezándole a Messi para que no nos hostiemos. Porque aún con una suspensión deficiente, unos frenos que avisan de tu llegada y unas marchas que hay que forzar para que entren, no veas si corren los muy cabrones. No sería la primera vez que el conductor enfila una callejuela en cuarta y en bajada.

Además, es fácil coger el que no toca porque al no haber paradas ni mapillas no se tiene más referencia que el letrerito que llevan delante diciendo a dónde van. Y aún y así, tales indicaciones no siempre son fiables porque muchos conductores se olvidan de cambiarlas al modificar su ruta y hay varios caminos posibles a seguir para una misma ruta. Yo, que tengo tanta vergüenza como Mario Conde en sus años mozos, al subir pregunto a dónde va y al cabo de un par de semáforos vuelvo a preguntarle a otra persona para contrastar informaciones, pues los usuarios de tan eficiente transporte público nunca te van a engañar, a diferencia de algún listo al volante, y siempre puedes iniciar una interesante conversación.

Así que a veces tardo más en llegar y otras, gastando menos, llego antes. Aunque por lo general nunca gasto más de 7 pesos (medio dólar), por muy lejos que vaya. A mí me parece un buen servicio porque, de día o de noche –no es tan recomendable pasado el ocaso, por una cuestión de referencias visuales más que de seguridad ciudadana– te llevan a cualquier parte a toda leche y te dejan en la mismísima puerta.

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