Posteado por: victordetord | 23 abril, 2010

El viaje

Salí de la estación de tren de Santa Barbara rumbo a San Diego hace cosa de una hora. Son pasadas las tres. He salido más tarde porque he tenido que esperar a que Eduardo me trajese la pasta que me debía del alquiler y sólo me ha devuelto la mitad. El resto irá Mckenzie a buscarla y me la mandará por correo.

Estoy en el piso de arriba del vagón central, sentado en un lugar para cuatro con mesilla, en la que me echo un solitario con mi baraja de tías en pelotas, y enchufe, en el que cargo la cámara de fotos porque anoche se me olvidó. Tengo muchas ganas de ver Méjico y de reencontrarme con mis buenas amistades que tanto hace que no veo pero al mismo tiempo no quisiera tener que marcharme y dejar la novia atrás por segunda vez desde que salimos. Estar separado de ella me parte en dos y me da por pensar en que le irá mucho mejor sin mí, un cafre que no puede vivir sin ella. Veremos qué me depara el futuro. Hoy hacía un día cojonudo pero a la que me he subido al vagón se ha nublado casi por completo. No deja de ser anecdótico pero quizás tenga algo que ver con mi marcha.

En L.A. nos mandan cambiarnos de tren porque el nuestro tiene que repostar y medio andén está cortado porque están rodando una escena de acción con un Cobra rojo espectacular que se tira un par de trompos. Se sienta frente a mí un republicano que no para de insistirme en las oportunidades que te da la vida aunque ahora esté trabajando para el gobierno y al rato nos tomamos un par de cervezas belgas en la cafetería del piso de abajo.

Al llegar, una hora tarde por culpa del trasbordo, nos despedimos y me voy corriendo a por el trolebús (tranvía) que me llevará hasta la frontera. Unos chavales me ayudan a comprar el billete –preguntando se llega antes– mientras procuro no pensar en el ordenador que llevo a la espalda. Ya me han dado las nueve de la noche y el vagón va lleno de borrachos. Le doy conversación a José, un padre de familia que tengo al lado que vuelve a casa después de una dura jornada laboral y evito el contacto visual con algún chungo que parece estar esperando a que le digan algo para liar una buena. José me pregunta sobre España, le cuento que hacemos el mejor vino del mundo, amén del mejor aceite de oliva, que la crisis se come nuestro poder adquisitivo y nuestros trabajos –aquí es cuando me acuerdo de Steve y su visión pantagruélica de las oportunidades– y al poco se baja deseándome suerte. Yo voy hasta la última parada. Una borracha arrugada quiere conversación y me cuesta horrores sacármela de encima.

Me bajo y sigo a la muchedumbre por una rampa que lleva hasta un puente-pasillo que cruza la autopista. Después viene la verja reforzada de salida del territorio estadounidense y antes de cruzarla paro a un policía para preguntarle donde está aduanas. Me dice que no hay, que sólo hay que atravesar la verja pero le insisto con que tengo que entregar mi visado al salir del país porque me gustaría poder volver algún día y me dice que se la dé a él. Así de simple, le pregunto. Pues por lo visto, sí. Rezando para que no la pierda y sin mirar atrás, empujo unos pesados barrotes horizontales, atravieso la línea de puntos del suelo, me cruzo con dos paramilitares con traje de comando y pasamontañas que acojonan cosa mala y no parecen estar por la labor de dar la bienvenida a nadie, busco el primer taxi disponible y le digo al engominado que me lleve volando al aeropuerto. No tiene taxímetro y se salta un par de semáforos. Me cobra diez dólares y le doy de más por la conversación.

En el aeropuerto, compro una tarjeta para llamar desde una cabina y, después de pelearme más de cinco minutos con ella, consigo contactar con Maria José, la amiga mejicana que se ofreció a acogerme en su casa. Le pregunto que si quiere que coja un avión ya mismo o que si prefiere que me espere a mañana –me entero en ese instante que allí son dos horas más que en Tijuana– y me dice que cuando quiera y que la llame cuando haya llegado. Así que pregunto a varios por la aerolínea más asequible y me compro el primer ‘boleto’ para el DF que me ofrece el mostrador de Interjet. Me sale por 180 dólares por ser temporada alta y me piro a embarcar de mala hostia. Me revisa la maleta una chica muy simpática con la que bromeo, un botones la lleva cinco metros más allá hasta la cinta transportadora –aquí se sacan trabajos de debajo de las piedras– y, al hacer el check-in, el notas detrás del mostrador me pregunta si hay alguna convención porque lleva ya dando tarjetas de embarque a varios españoles.

Después del control, que pasé descalzo y sin cinturón, me paro a tomar una cerveza Victoria mientras veo como el mandril le remonta al Almería, al acabármela me pido otra y una torta de milanesa, y le dejo propina a la señora que me atiende porque la comida está muy rica y ella ha sido muy educada. Subo al avión de los últimos, como siempre, y un español que me ha visto el pasaporte me da conversación. Es asturiano y tiene varios negocios en marcha por Tijuana y por la capital. Hablamos de lo peligrosa que es la ciudad, de la crisis, de zapatero, le resumo mi aventura viniendo desde los estados unidos y se queda frito casi ipso facto. Yo no tardo demasiado en hacer lo propio y después de mi cuarta cabezada –duermo fatal sentado, ¿y quién no?– descubro al monstruo cuando miro por la ventanilla. Coño, con razón es la ciudad más poblada del mundo; se extiende como un puto virus. Durante más de diez minutos no paro de ver lucecitas hasta donde me alcanza la vista, edificios enormes, casitas residenciales, y la pista de aterrizaje por fin.

El asturiano y yo recogemos nuestras maletas y compramos cada uno su billete de taxi. Al servicio se le llama Taxi Seguro, o algo así, y consiste en darle la dirección a uno que calcula la distancia y, en función del destino, pone el precio. Luego, con el papelito que éste te entrega de vuelta, el taxista sabrá que la carrera está pagada. Se ve que los taxistas son aún más chorizos que en España y que éste es el único sistema fiable para que no timen a los turistas. Me fumo un pito con el asturiano y nos deseamos lo mejor.

Vuelvo para adentro, me compro un café aguado y una revista parecida a ‘El jueves’ para hacer tiempo, y me siento en un asiento vacío al lado de una chavala que espera a que llegue alguien, frente a ‘Llegadas’. Leo, escribo y bebo tranquilamente para así dejar que quién tan amablemente me ha ofrecido su hospitalidad duerma sus horas, pues son apenas las cinco y media de la mañana, y al cabo de casi dos horas llamo para avisar de que estoy al caer.

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Responses

  1. leido lo de mexico 😉 pasalo genial guapo, ves poniéndonos más al dia!
    cuidateeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee besazo!


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