Posteado por: victordetord | 9 marzo, 2010

Ralph’s

Llevaba apenas dos días instalado en la calle Figueroa cuando me hice una tarjeta del Ralph’s, el supermercado que tengo una calle más abajo y que me recuerda al típico Carrefour, quizás no tan grande como los de las afueras, aunque con alguna notable diferencia.

Ya estuve una vez comprando cuatro cosas y me di cuenta de que algunos productos tenían doble etiqueta; y puesto que los etiquetados de color amarillo estaban claramente rebajados de precio, no dudé en llevarme un formulario para hacerme la tarjeta, que como datos personales apenas pedía el nombre, la dirección y el teléfono. En caso de olvidar la tarjeta uno puede recitar su teléfono de memoria para que le hagan el descuento, que siempre se realiza de forma inmediata en el momento de la compra y no como en España que la cosa va de acumular puntos o historias similares.

El otro día gasté 45 dólares en comida –en efecto, alimentarse es casi tan caro como procurarse un techo– y el desglose de la factura especificaba un ahorro de más de 10 dólares; admito que fideliza de puta madre. Es más, he descubierto algún vino californiano cojonudo a mitad de precio y todo es susceptible de llevar descuento, salvo la cerveza, curiosamente.

El Ralph’s no sólo vende dvd’s, mesas de jardín, tabaco, calcetines por docenas, flores horteras y comida, claro; también tiene una pequeña farmacia y tres chiringos en los que uno puede prepararse una ensalada a su gusto, que meterá en un tupper, pedir que le hagan un sandwich con de todo –larga vida al queso en lonchas– o llevarse una sopa recién hecha. Los tres chiringos tienen bastante variedad de oferta y todo tiene un mismo precio fijo, pues los recipientes que ponen a disposición tienen una única medida y los bocatas son todos de seis capas. El de los sandwiches, pegado a la pared –los otros dos flotan en el espacio para poder darle vueltas como un tiburón–, dispone además de un sinfín de comida preparada para llevar y se convierte en charcutería.

Es fantástico porque aúna varios negocios bajo el mismo techo y la misma marca.

También hay carritos con forma de coche nascar, doblemente alargados para meter a los enanos en la parte delantera, frente a un volante de plástico, y tenerlos entretenidos mientras se pasea buscando congelados y demás. El otro día, dos hermanos fantaseaban con un circuito urbano mientras su madre empujaba el carrito y yo no pude evitar sonreírles porque sentí hasta envidia sana. Y tampoco hay que tener una maldita moneda a mano para poder pillar un carro… aquí no se andan con gilipolleces!

Siempre son dos al cobrar: uno pasa el código de barras por el láser mientras otro empaqueta la compra y siempre te preguntan si has encontrado todo a tu gusto, te dan las gracias y te desean un buen día. Si pagas en efectivo, el cambio te lo da en billetes el primer tipo y las monedas te las escupe una especie de fuente al lado de donde el segundo tipo ha dejado tus bolsas. Yo ya me he acostumbrado pero al principio casi me dejo el cambio un par de veces. Los que pagan con tarjeta la pasan ellos mismos e introducen su pin, como en un cajero, no teniendo así que firmar en ninguna parte.

Pero lo más impactante de todo, precisamente, ocurre en las colas. Hay una para ’15 items or less’ en la que tampoco importa cuantos productos lleves mientras no te pases de listo, media docena de las normales para carros a rebosar y, al fondo, un par de máquinas para que te cobres tú mismo. Increíble, señores, es el mismo sistema que en la gasolinera o cuando se factura la maleta en el aeropuerto. Yo todavía no salgo de mi asombro y, sin embargo, su pragmatismo me parece de una lógica aplastante.

Aún no he investigado demasiado la fauna que pulula por allí pero sí he advertido que cuando te quedas mirando a alguien, sea hombre o mujer, éste te saluda muy educadamente, que más de uno se pasea por allí con las zapatillas de andar por casa, que sobran solteras leyendo el contenido calórico en la parte trasera de los envases, que se puede entrar con el perro, que muchas abuelas van motorizadas o que nadie va perdiendo el culo porque llega tarde a alguna parte.

Sólo he descubierto una cosa de este maravilloso supermercado que me molesta: mucha importación italiana con nombre bonito pero ni rastro del aceite o del vino español, sin duda los mejores del mundo con diferencia.

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Responses

  1. Oye pon fotos maricón
    Siempre he querido ligar en un super

  2. El tema de tener a dos tíos cobrando/embolsando para cada caja parece, a priori, prohibitivo a nivel de costes, pero si lo hacen será porque en Ralph’s priorizan el servicio al puro coste.

    Sin duda es una inversión en fidelidad, satisfacción y brand value, y si en estos tiempos siguen con ello, es que el retorno lo obtienen con creces.

    Lo de la compra con “auto cobro” me cuadra más en Japón que en USA, pero es en cosas así cuando tengo que recordar que vives en la muy singular California.

    Algo me dice que, como con tantas otras cosas, la educación social y las costumbres compartidas son fundamentales para abordar este tipo de sistemas.

    Aunque desconozco si en España, o Cataluña, existe algo parecido, aquí no lo veo muy factible que digamos.

  3. Amigo Muro, que yo sepa, en España jamás ví nada parecido. Y no sólo hay dos tipos en caja en el Ralph’s, que me parece una idea buenísima, también en el Trader Joe’s (otro super) y en tantos otros. Vamos, que es algo normal. Es más, en el Trader Joe’s ni siquiera tienes que vaciar tú el carro para que te cobren los productos, si no que lo dejas delante de la caja y entre los dos se ocupan de todo mientras te lees un par de páginas de alguna revista. Es acojonante! Y el día que petamos la botella de vino, evidentemente, no nos la cobraron, algo que dudo mucho que sucediese en nuestro rancio país. Lo dicho, aquí no se andan con tonterías, para bien y para mal. Saludos, amigo.


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