Posteado por: victordetord | 25 febrero, 2010

San Valentín

El día de San Valentín, Mckenzie y yo nos levantamos al mismo tiempo en su cama, nos dimos un beso en silencio y volvimos a dormirnos porque era demasiado pronto. Al cabo de un rato, como me había desvelado porque sus cortinas no tapan demasiado la luz, me levanté sigilosamente y me fui a la cocina a prepararle el desayuno. Tortilla francesa, tomate fresco, pepinillos, tostadas con queso francés y un té, sobre una madera para cortar el pan porque no tienen bandejas, fue el menú que inventé durante algo menos de media hora, pues no soy ningún chef, las cosas como son. En cualquier caso, la sorpresa le hizo bastante ilusión, me libré de tener que comprarle nada –me gusta regalar cosas cuando me apetece, no cuando me lo ordenan las grandes corporaciones– y estuvimos echándonos unas buenas risas sentados sobre el edredón, mientras ella desayunaba.

Después nos marchamos de excursión a la montaña que hay detrás de Santa Barbara, aprovechando que era festivo. Costó encontrar aparcamiento porque se acercaba la hora de comer, hecho que motivó que la novia se pusiese un poco nerviosa porque pensó que ya era demasiado tarde y no quería llegar a la cima anocheciendo, y yo, que nunca antes había practicado el ‘treking’ porque no le veía el interés, empecé arrastrando los pies, feliz por compartir cosas nuevas con mi amada pero acordándome constantemente de que me estaba perdiendo el partido de liga. Aún y así, me fui calentando poco a poco y terminé motivándome de lo lindo, hasta el punto de que Mckenzie tuvo que pedirme un par de veces que la esperara.

Empezamos subiendo por una antigua carretera mal asfaltada que seseaba cual serpiente desorientada hasta bifurcarse en dos caminos de tierra. Cogimos el de la izquierda, evitando el barro traidor, peleándonos con algún pedrolo mal colocado a drede y turnándonos para cargar con la mochila, repleta de provisiones. Había muchísima gente compartiendo nuestro camino, tanto de bajada como de subida, por lo que a veces se hacía difícil tomar fotos del paisaje sin que apareciese algún dominguero despistado en mitad de la instantánea. Pasamos por riachuelos con cascadas de metro en el que alguna parejita valiente se bañaba, arboledas calcinadas que empezaban a rebrotar desde sus raíces y campos enteros de flores silvestres. Paramos apenas un par de veces a comernos una barrita energética con sabor a plátano, al lado de una charca y justo delante de un acantilado, y llegamos al mirador antes de lo previsto pues aún había bastante luz.

En la cima, unos jóvenes enamorados me pidieron que les hiciese unas fotos y sugerí que me correspondiesen el gesto, agarrando a Mckenzie por la cintura, subiéndola en una piedra para que estuviese a la misma altura que yo y acercándole la cámara encendida al hombre. Salimos guapos, como no y decidimos ir a investigar un poco más allá, a través de ramas negras y piedras polvorientas, porque a lo lejos se veía un canto solitario que daba a la bahía de Santa Barbara y prometía una fenomenal panorámica del condado de Ventura.

Allí, con la ciudad a nuestros pies, no había nadie más que nosotros, así que me quité la camiseta para ponerla a secar al sol, al tiempo que Mckenzie descubría una caja metálica que había sobrevivido a los incendios. En su interior encontramos collares, un cochecito de juguete, un silbato amarillo de pastillero, un chupete azul cielo, algunas figuritas de plástico que se habían fundido formando una sola y una libreta cuyas páginas habían sido firmadas por curiosos como nosotros desde mediados de los noventa. También la firmamos y yo dibujé un careto.

Nos subimos a la roca más grande que encontramos, frente a la inmensidad del Pacífico y comimos patatas fritas durante casi una hora. Se oía un Quad a lo lejos y el sol daba de costado. Cuando empezó a refrescar, bajamos tranquilamente hasta el coche deshaciendo el camino para no acabar en otra parte del monte, volvimos sonrientes para casa con la radio a todo volúmen y leí en internet que el barça había perdido, otra vez, frente al maldito atlético de Madrid.

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Responses

  1. Lo de la caja metálica, un puntazo, ¿no?

    ¿Estaba allí señalizada al estilo “time capsule”, o bien, simplemente, quedaba a la vista de cualquiera, pero la gente la respetaba sin llevársela?

    Respecto a tu elección de un cuidado y bien pensado desayuno VS un regalo material cualquiera, das en el clavo, y con elegancia.

    La gente suele olvidar, bien por falta de tiempo para pensar en ello, bien por falta de ganas, bien por exceso de materialismo social, que lo que cuenta, y siempre ha contado, son los gestos, las actitudes.

    Un regalo es que alguien piense en ti, y quiera darte/hacer por ti algo con cariño, intención y dedicación. Si eso cobra una forma u otra, debería ser lo de menos.

    Como con todo en esta vida, las fechas señaladas lo son porque alguien, interesadamente, ha logrado así definirlas. Y casi todos, de un modo u otro, solemos aceptar/aprender a que así sea.

    Pero insistir excesivamente en ello, amigo mío, sería tirar cantos rodaos sobre nuestro propio tejado. Por tanto, dejaremos aquí esta reflexión, y que se pierda como lágrimas en la lluvia.

  2. Pues sí, ahí estaba, requemada pero impertérita, entre dos pedrolos para que no se la llevase el tiempo, bien a la vista para que cualquier curioso que pasase por ahí pudiese investigar en su interior hasta descubrir la libretita en la que tantos otros habíamos firmado antes 😉 Un puntazo, como bien dices.

    En cuanto al regalo, en efecto, a mí siempre me gustaron más las cenas y las copas con los míos que los propios obsequios… Hoy, por ejemplo, es su cumpleaños y la he llevado a por hamburguesas+cervezas delante de los pesqueros y ayer le estuve escribiendo un cuento romántico (oscuro, como los de verdad, nada de novela rosa) que hoy le he transcrito de mi puño y letra sobre un folio, lo he firmado, y se me ha puesto a llorar de la emoción cuando se lo he entregado 🙂

    En fin, un buen par de días soleados, aquel y éste. Besos.

  3. Uau…. dibuixar un careto en una llibreta dins una capça que ha sobreviscut a un incendi fa un munt… això sí que és guai!!

    Gràcies, és just el que volia llegir avui 🙂

    Cuida’t i cuida molt la Mac! I no et preocupis, que hi haura passejades per la platja amb el Pique. No tot son copes i Apolo, tens raó!

    I bé, amb paciència de tot es sobreviu. Tot i que llegir-ho de primera mà també és una manera de veure que és real i que te n’agafin ganes.

    Abrazo!

    GeM


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