Posteado por: victordetord | 25 febrero, 2010

A la deriva

Vivo en una casa de dos pisos que me recuerda a un barco encallado en el 219 de la calle Figueroa, en pleno ‘downtown’ Santa Barbara, a diez minutos andando de todas las discotecas y bares, y a una calle del supermercado, de la pizzería, del mecánico, de la licorería o de la tienda de segunda mano. La casa está enteramente hecha de madera, necesita urgentemente una mano de pintura y el suelo tiene tanto desnivel que los días de resaca, por mucho que me apoye en alguna pared, juraría que zozobra. Además, cuando cae la noche, la humedad se cuela por entre las ranuras de las puertas y los días de lluvia hace bastante frío, sobretodo en la cocina, por lo que alguna vez he cenado con la chaqueta puesta, como si estuviese en alta mar.

Eduardo, un hondureño de mediana edad con bigote y coleta, que trabaja el cuero en su habitación y hace sustituciones en un instituto, que siempre pone una emisora de rock de los setenta y que tiene dos hijas mayores viviendo en otra ciudad, comparte el piso de abajo conmigo. Es buen tipo, inteligente, educado y vivido, se desplaza en bicicleta, bebe té a todas horas, obtuvo una tarjeta del gobernador para el uso de maría medicinal, disfruta de las pequeñas cosas y siempre sonríe con sinceridad.

En el piso de arriba, que se accede por una escalera exterior en el patio trasero, conviven otras dos personas. Uno es un pintor particularmente dotado para el óleo que lleva un programa de radio para insomnes con ganas de hablar y el otro es un reputado ensayista cascarrabias que publica sus visiones filosóficas en la prensa local. Nunca les he visto pero vaya si les oigo porque, cada vez que uno de ellos sube por las escaleras o se levanta a por un vaso de agua en plena noche, la casa cruje de arriba abajo como un abuelo que se lamenta al levantarse de una silla. A menudo, el escritor se descojona frente al televisor justo encima de los pies de mi cama y cuando camina podría pegarle un tiro a ciegas en el escroto sin apenas margen de error.

Mi habitación tiene moqueta, una cama a ras de suelo, las paredes color crema, una lámpara de pie hortera, cortinillas de despacho, un sillón viejo en el que leo con los pies en alto, una chimenea tapiada sobre la que dejo mis cosas al entrar tras un televisor estropeado que nunca enciendo, con un canal en español y otro en inglés, un cuadro extraño ubicado en lo alto para tapar la reja de un antiguo conducto de ventilación y dos puertas. Desde el sillón, la puerta de enfrente da a un modesto recibidor con una mesa alta y dos taburetes en un costado, entre el baño y la cocina, y la otra, a la derecha, da a la calle. Tengo dos llaves pero normalmente, a no ser que me vaya a pasar un par de días a Isla Vista, sólo uso la de la calle porque la puerta que da al resto de la casa no la cierro casi nunca. Siempre entro a la casa por mi habitación, excepto cuando vine por primera vez de visita que entré por la puerta principal, y la puerta de atrás, que apenas se cierra con un gancho a modo de pestillo, sólo la atravieso momentáneamente para tirar la basura.

El baño, pintado de un verde apagado como el agua del caribe, es la estancia que más pendiente hace, debido a las termitas que se comen los fundamentos de barrios enteros, y al mear uno debe apoyar gran parte de su peso sobre la pierna izquierda. Tiene una pica bajo la ventana y tres espejos enfrente por lo que para afeitarse hay que darse la vuelta, estantes profundos y una piedra en el suelo para sujetar la puerta cuando se quiere ventilar. La ducha, al lado del baño, es bajita y de plástico, como las de jardín, así que he llegado a la conclusión de que el baño, antes de que alguien decidiera partir la casa en dos, era una despensa con retrete incorporado.

La cocina me gusta especialmente porque tiene todo lo que hace falta en su justa medida. Una nevera, cuatro fogones sobre el horno, un fregadero, una bombilla en el techo, una barra americana enganchada a una pared sobre la que reposan el ordenador de Eduardo, su impresora, sus herramientas y el cable de Internet y una mesa decorada siempre con fruta, naranjas mayormente, más dos sillas. Y, como en los barcos, nada sobra. Tenemos dos platos grandes y dos pequeños, un par de cucharas de madera, media docena de cubiertos, un cuchillo largo bien afilado, un abrelotodo, una madera sobre la que cortar, un escurridor, cuatro vasos, dos tazas, una cacerola, una olla y su tapa, dos sartenes, un bol de madera para ensaladas y otro de cerámica y dos tazones para cereales, además de una tostadora y una tetera metálica.

El salón, pequeño y con la misma moqueta que mi habitación, juraría que es otro recibidor reconvertido y, aunque francamente acogedor, casi nunca estoy en él porque paso la mayoría de mi tiempo en la cocina o en mi sillón. Sus paredes, revestidas de mimbre, me recuerdan al techo de los chiringuitos de playa y algún cuadro o reloj de pared colorea la estancia. Bajo el cuadro más grande hay un futón negro demasiado cómodo y, a su derecha una estantería blanca repleta de libros, mochilas de cuero echas a mano y algunos collares para vender. Suelo darle un cabezazo sin querer a un globo terráqueo que cuelga del techo, me gusta el mapa de la ciudad y alrededores que hay sobre el escritorio porque describe con exactitud dónde se encuentran los caminos para ciclistas y encuentro que le falta un ojo de buey para espiar al vecino de al lado. Desde el salón se tiene acceso a la cocina, al jardín que tenemos frente a la calle, por la puerta principal, y a la habitación de Eduardo, a la que no entro jamás a no ser que me invite a pasar.

Su habitación es el doble de grande que el salón y algo mayor que la cocina. Tiene una buena tele que también coge solamente dos canales, pues aquí va todo por el cable y no existen canales gratuitos, un escritorio de dos metros de ancho sobre el que fabrica artículos de piel, un gran armario con espejo, dibujos y poemas suyos pegados en una pared, un minúsculo sofá cama con mantas sudamericanas de colores muy vivos y un caballete frente a la ventana sobre el que pinta un poco más cada día.

Nuestra calle permite aparcar gratuitamente en nuestro lado durante todo el día y cada hora y media en el lado de enfrente, por lo que se puede asistir con frecuencia a verdaderas peleas de gallos por ver quien aparca en el lado amable de la misma. No existen parquímetros en Santa Barbara, sólo carteles con limitación de tiempo (15, 75 y 90 minutos) y la policía, que no tiene mucho trabajo porque nunca pasa nada a no ser que algún vagabundo o algún niñato borracho se pongan pesaditos, se dedica a gastar gasolina, paseando, mientras comprueban que nadie sobrepasa el tiempo que estipule el cartelito.

De noche, sobretodo si no hay luna, no se ve un carajo porque no tenemos ni una sola farola, cosa que facilita el tropezarse con escalones o raíces cuando se llega a casa, y, la verdad, si te da por fantasear acojona un poquito hasta que no llegas a la esquina, pues cualquiera podría estar esperándote con una pipa para que le financies la bebida, por poner. Es más, al mirar por la ventana de mi habitación y perderse su imaginación en la oscuridad uno podría creerse a la deriva en la inmensidad del océano.

Anuncios

Responses

  1. No sta mal el sitio q t has agenciado xa vivir, no?!? Un sitio con “encanto” q diriamos x akí…!!! XDDDD
    Me mort d risa am lo d “(…)cuando camina podría pegarle un tiro a ciegas en el escroto sin apenas margen de error.”
    jajajajaajja!! Q graaande!!
    Un abrazo nano!!

    =)

  2. Secundo el comentario de Alex. Lo del tiro es magistral.

    Por otro lado, el regalo de detallada ambientación que nos has hecho hoy me permite imaginarme un poco mejor cómo está yendo tu aventura, compartiendo así, durante unos momentos, ese camarote tuyo tan singular.

    Y ojico con las termitas. Esos bichos siguen el manual estajanovista, y no paran de perforar/almorzarse tu casa ni para respirar. No sea que un día te caiga el vecino encima, haciéndote un “in your face” con aquello que todos te hemos imaginado tiroteando! ;-D


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: