Posteado por: victordetord | 19 febrero, 2010

Sam

Últimamente, ayudo a Sam siempre que me necesita, por lo menos una vez a la semana. Nunca antes había colaborado desinteresadamente con un desconocido y la sensación, debo admitirlo, no podría ser mejor.

Sam tiene cincuenta y pico años, algo de tripa porque se deleita con la buena cerveza y el colesterol tanto como yo y además le fían en un par de buenas ‘breweries’, estudios universitarios de veterinaria y una hermosa e inteligente mujer –Ruth– a su lado. Usa gafitas para leer, que sustituye por unas de sol del mismo tamaño a la que sale a la calle, dice lo primero que le viene a la mente y siempre viste sin importarle lo que puedan pensar los demás, excepto cuando tiene que atender sus negocios inmobiliarios, lógicamente, como siempre que viaja a China a cerrar un trato.

Sam y Ruth han depositado todas sus ilusiones en un ruinoso complejo que adquirieron frente a la autopista con el valiente propósito de convertirlo en un centro de ayuda para los leones marinos de la zona. Un amigo suyo y su mujer también participan en el proyecto, que parece el cuento de nunca acabar, y juntos tratan de conseguir todas las ayudas estatales posibles. A menudo, Sam bromea al respecto diciendo que ese recinto en permanente reparación es su jubilación, que seguirá trabajando en él hasta que ya no pueda ni sostener un martillo y, aunque puede que tenga más razón que un santo, siempre lo dice con apabullante optimismo.

Cuando me llama por la tarde para que le eche una mano quedamos pronto para el día siguiente, me viene a recoger a la puerta de casa con su gigantesca ‘pickup’ blanca que aún huele a nueva y charlamos de todo un poco durante los veinte minutos que dura el trayecto. Aprendo escuchando alguna batallita suya, me intereso por sus opiniones en temas políticos o sociales y le cuento como es la vida frente al mediterráneo. Sé que él ya estuvo en Valencia pero hace tanto tiempo de eso que me veo obligado a actualizarle sobre el barça, la crisis o el manta del Zapatero y ambos nos reímos de los franceses.

Su retiro, como él le llama, se basa en reformar un antiguo colegio abandonado durante más de treinta años y habitado por algún hippy conspirador que escribió teorías incomprensibles en sus paredes para que luzca como uno de los mejores centros de recuperación de la fauna marina local. Los restos de la mandíbula de una ballena, que pronto serán cedidos al museo, reposan en un costado de la finca, junto a un par de piscinas para focas que ya tienen montadas y, más allá, se encuentra indefinidamente estacionada la enorme autocaravana del ‘vigilante’, un abuelo octogenario que nunca está. Un par de edificios, cuyos tejados se conservan bastante bien, conectados por un pasillo al aire libre, parece que se mantienen en pie a duras penas, aunque en su interior las vigas y las paredes maestras están en perfecto estado. De momento, gracias a dios, sólo nos ocupamos del más pequeño de los dos.

Allí, acato una larga lista de órdenes y sugerencias, aprendiendo sobre la marcha y desempeñando labores puramente físicas. Soy mano de obra gratuita que lija madera, revienta paredes, clava, arranca, recoge, barre, pinta o coloca ventanas sobre una escalera a cambio de un bocata y una nueva experiencia. Junto a mí, se aplica siempre un reducido número de voluntarios, salidos por unas horas de la universidad, y algún amiguete, aunque yo soy el único que repite, pues tampoco tengo excusa como para negarme. Si el trabajo requiere demasiado esfuerzo, como cuando tuvimos que arrancar el corcho y el laminado que recubría las paredes de una habitación –la que irá destinada al laboratorio– para que el electricista pudiese hacer una instalación en condiciones, nos turnamos el tiempo que da para tomarse un refresco o meterle mano a una chocolatina y volver a empezar.

Al acabar, como el jefe de todo el tinglado es el que me tiene que devolver al hogar, recogemos las herramientas, devolvemos los guantes y las mascarillas a su sitio, cerramos todo a cal y canto, y me lleva por ahí de cervezas. Siempre pide ‘a pitcher’ (una jarra) y algo para picar, a no ser que estemos en plena ‘happy hour’, de cuatro a seis de la tarde, que es cuando baja el precio de las quesadillas o las alitas de pollo y hay que acabarse los vasos a mayor velocidad. Normalmente insiste en invitarme, por los servicios prestados y porque es un caballero, pero no siempre le dejo.

La última vez, estuvimos en la cervecería más de tres horas y nos pusimos tan ciegos a papas, burritos y jarras de cerveza californiana que cuando me dejaron en mi calle, a eso de las ocho, me fui a la cama sin cenar. Esa tarde nos habíamos reunido con Eric, otro colega suyo que se había venido espontáneamente, en la mesa de la esquina de la terraza de su local favorito, la ‘the boys table’, como dicen ellos. Al rato, se nos habían sumado otros cuatro personajes de su quinta fieles a dicha mesa y estuvimos vacilándole a la camarera, una morenaza con botas y cara de panoli, mientras yo me levantaba de vez en cuando para ir a sacar fotos de coches. Incluso gané una apuesta, adivinando la nacionalidad de una chati sentada dos mesas más allá, y Eric tuvo que hacerse cargo de mi cuenta, que dudo mucho que le saliese barata.

Estoy deseando que vuelva a llamarme, que duda cabe.

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Responses

  1. Graaaande nano, graaaande!! No se si es lo q cuentas o como lo cuentas, aunq sospecho q son ambas, xo el caso es q me gusta!! Creo q si la crisis sigue apretando y el pais se va a la mierda yo tb me vendré a hacer ls americas kntigo!!
    Un abrazo toxo!!

    =)


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