Posteado por: victordetord | 3 febrero, 2010

Isla Vista

Isla Vista es un pequeño pueblo-residencia delante del Pacífico, situado al lado mismo de la UCSB, la universidad de California de Santa Bárbara, a unos quince minutos de autopista de la ciudad de la que dicha universidad toma prestado su nombre, y a un kilómetro del aeropuerto de Goleta, en el que apenas aterrizan avionetas de tamaño medio y cuya verja exterior, que da a la carretera que lleva a la autopista, se llena de cuervos a media tarde.

Consta de calles de doble sentido flanqueadas por múltiples casas enormes de dos pisos como máximo y diseños muy dispares, un par de licorerías en las que es indispensable identificarse antes de pagar, un stop a cada dos intersecciones, un modesto supermercado, varios restaurantes de comida mejicana, india o japonesa, un par de parques frecuentados por mendigos y algunas pizzerías al aire libre, cafés modernos, tiendas para surferos y hamburgueserías.

Sus gentes, con una media de edad cercana a los veinte años, conducen, en su inmensa mayoría, coches gigantescos nuevos de trinca, biplazas tuneados o carros europeos antiguos, que aparcan a pocos metros de la puerta de sus casas o en la parte de atrás, y se pasean en monopatines o ‘beach cruisers’ oxidadas que se roban constantemente unos a otros.

Este tipo de bicicleta no tiene manetas de freno, pues se frena pedaleando hacia atrás, su cuadro curvado se asemeja al de una ‘chopper’ y dispone de un asiento tan ancho que parece un taburete. Las dejan tiradas en el jardín de delante de sus casas, incluso cuando llueve a cántaros, y todas llevan puesto el mismo modelo de candado negro en forma de U en la llanta de atrás.

Nadie cierra nunca la puerta de casa, la que da a la calle, aunque sea de noche, por lo que siempre que se va de visita basta un simple ‘Hola, qué tal?’ al llegar al salón y todas las puertas de las habitaciones tienen cerradura. Además, cada casa incorpora una barbacoa XL de gas, con tapa y fogones independientes, un televisor con acceso a demasiados canales, una mesa rectangular, o dos, pintada a mano con los colores de la hermandad en la que jugar sus partidas de vamos a beber hasta perder el sentido y algún árbol centenario en el jardín trasero.

La gente siempre anda por en medio de la calle sin importar si viene un coche o no, pues ya frenará, y de noche parece una ciudad sin ley, al más puro estilo de las películas, sobretodo de viernes a domingo. En cuanto oscurece, las minifaldas se multiplican y se desplazan en manadas haciendo eses, los chavales ponen los altavoces mirando hacia la calle, con lo que se crean verdaderas competiciones de decibelios o de estilos musicales, todo el mundo se saluda a cada diez pasos pues todos se conocen más o menos y al final el plan se reduce a ir de casa en casa en busca de vasos de plástico y barriles de cerveza aguada hasta que la policía llega para dar la fiesta por terminada.

Entre semana, sin embargo, parece ser que los chavales no beben, excepto el miércoles que es el día guapo, y a cualquier hora de la mañana o de la tarde se ven grupitos de gente que sale a correr, pues existe una verdadera psicosis a estar gordo, y más de uno pasa a pecho descubierto y descalzo con una tabla de surf a cuestas.

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