Posteado por: victordetord | 21 mayo, 2010

Catemaco

Al llegar del salto, cambiamos de idea y atacamos una de las dos neveras que sus padres tienen en el colmado. De hecho, la tiendita forma parte de la casa porque da al salón y al patio trasero. Así que metimos un sixpack en la nevera portátil que, teniendo en cuenta que es de usar y tirar, aún conservaba bastantes hielos del viaje y nos marchamos a la laguna de Catemaco, el pueblo de al lado.

Nos percatamos de que la tapa de la nevera, que iba atrás, había saltado y paramos a que yo le pusiera un pedrolo encima para sujetarla, antes de que la perdiésemos para siempre. A los dos minutos, el pedrolo había salido disparado en alguna dirección, por lo que concluimos que lo mejor sería llevar la nevera en mi regazo. No nos paró la poli, afortunadamente.

Bajamos por un camino de tierra con mucho desnivel, flanqueados por casas con vistas y piscina, y aparcamos a la sombra, casi en la orilla. Nos sentamos a hablar de la vida, de lo bueno y de lo malo, a contarnos el pasado y a planear un poco el futuro. Las nubes cubrían la cima de las colinas y la luz atravesaba de costado las hojas de los árboles. En un horita y media, viendo barcas de turistas pasar, observando las técnicas de pesca autóctonas, siguiendo a algún pájaro extraño, escuchando a la naturaleza y respirando a pleno pulmón, nos habíamos terminado las cervecitas. Nos quedamos otro rato más disfrutando del paisaje, entre sonrisas y chistes, y decidimos marcharnos de ahí justo antes de que anocheciera.

En el punto en el que antes se me había ocurrido decir que igual luego no subíamos, efectivamente, nos quedamos tirados. Me embarré casi hasta la rodilla poniendo piedras bajo las ruedas y empujando desde una esquina, pero nada. Probamos a sortear desde varios ángulos las roderas que veníamos de crear, pero tampoco. Entonces, le dije a Salvador que bajara en marcha atrás para coger carrerilla, visto que a buenas y en primera no había manera. Se hizo la subida tan a pelo que casi se sale.

Aparecimos a la hora de cenar que ya nos estaban esperando. Me pimplé una cerveza más del tirón y me metí en la ducha.

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Posteado por: victordetord | 19 mayo, 2010

Salto de Eyipantla

Comimos en casa bajo la supervisión de la abuela, que cocina de maravilla y que no me quitaba la vista de encima para asegurarse de que, por mucho que le insistiera en lo rico que estaba todo, me gustase lo que con tanto amor nos había guisado. Acabábamos de conocernos y ya le había caído en gracia. Después, hicimos una pausita en los sofás del salón de la entrada y, antes de que nos diera un ataque de siesta, partimos en la camioneta blanca –tienen dos: una gris más cómoda y la blanca, que usan para transportar escombros y todo tipo de material pesado- hacia el Salto de Eyipantla, a un cuarto de hora del pueblo, torciendo a la derecha desde la carretera principal.

Salvador me enseñó una parcela que quería adquirir para levantar en ella su propia casa algún día, con perros y enanos incluidos, y paramos a comprar un six-pack para remojarnos el gaznate de camino. Al llegar al aparcamiento, un ‘viene-viene’ nos daba indicaciones, a gritos y con un pañuelo rojo, de cómo estacionarnos en batería, algo, cuando menos, surrealista.

Primero, fuimos a ver la parte de arriba, a través de los tenderetes de souvenirs, cruzando por un puente de cuerda que bailaba paralelo a otro de cemento, por hacer la gracia como tantos otros turistas, pagando una miseria a un tipo muy educado encerrado en una caseta minúscula y muerto de calor, y, en seguida, llegamos a una terraza con barandilla de cemento reforzado desde la que, a escasos tres metros, se sentía toda la violencia del agua. Esperé a que una guiri le tirase la foto de rigor al novio, que se repeinaba inútilmente, y me situé en la esquina izquierda. Me quedé mirando embobado la espuma que formaban en el borde del precipicio tantos litros y litros de agua por segundo, hice un vídeo mientras Salvador buscaba distintos ángulos desde los que contemplar la fuerza del río y me estuve fijando en un viejo árbol solitario que se asomaba al vacío por un costado de la cascada. Soñaba con vivir solo en una cabaña construida sobre su copa, recogiendo agua del río mediante un sistema de poleas, cultivando tomates en mi huerto con vistas, aparcando el biplaza americano oxidado frente a la escalera clavada al tronco, desmontando una vieja radio, matando de un flechazo al primer mono que pasara por ahí para asarlo a la luz de la luna y procurándome un mínimo de electricidad directamente de la propia catarata.

Luego, hicimos el camino inverso –otra vez por el puente salsero- para acceder a la zona de chiringos que daba a unas escaleras verde fosforescente. Éstas bajaban hasta un restaurante desde el que los locales comían pescado o se tomaban una cerveza frente al majestuoso salto del río. Había barro por todas partes debido a la humedad extrema y un arco iris instalado permanentemente frente a una arbolada en la que si uno cerraba los ojos mirando hacia el estruendo se mojaba la cara en apenas un par de segundos. Nos quedamos un poco más atrás comtemplando el espectáculo mientras acabábamos con la segunda cerveza y nos ofrecíamos para retratar a varios grupitos de guiris americanas o del norte de Europa. Al acercarnos a la zona de mesas una camarera sonriente que hacía rato que nos observava nos preguntó siete veces seguidas si no queríamos tomar nada y, después de explicarle otras siete veces que ya habíamos comido, pasamos de largo siguiendo el cauce de los rápidos.

Después del restaurante, venía un trozo de césped con media docena de árboles delgados y bien altos en la que algunos leían, otros se besaban y unos pocos chapoteaban en la orilla con un chaleco salvavidas puesto. Encontramos también ahí una pajarera en desuso y los restos de una barbacoa improvisada con cuatro piedras. Yo, siguiendo mi espíritu aventurero, quise ir más allá, saltando sobre las piedras hasta dónde no había nadie más y descubrí unas bragas colgadas de una rama. Salvador me siguió y estuvimos un rato acabándonos las cervezas calentuzas con el río delante que se curvaba a la izquierda y dejaba ante nosotros la bonita estampa de las mesitas del restaurante en la orilla con el salto de fondo.

Al rato, deshicimos el sendero tranquilamente sacando fotos. Unos chavales locales se tiraban desde las rocas y se bañaban ante la indeferencia de sus padres, ocupados a charlar con un digestivo bajo las sombrillas, y se agarraban a una cuerda amarilla, que atravesaba las dos orillas unos metros más allá, para no ser arrastrados por la corriente. Pedimos a una parejita que nos hiciese un par de fotos juntos, con la columna de agua detrás nuestro, nos acercamos para refrescarnos un poco y subimos despacio pero con paso firme los mil y un escalones que nos separaban del coche, que ya se habían encargado de lavar los ‘viene-viene’ –supuestos vigilantes del aparcamiento- y que nos obligaron con la mirada a soltarles una moneda.

Volviendo a casa, Salvador me contó que un día había traído a un colega suyo en el coche recién encerado de éste y que, aún explicándoles que no querían que les lavaran el coche y que les pagarían igual, porque era un buen carro y se lo podían joder, los muy toca-pelotas se lo habían refregado igual. Pero es lo que tiene la pobreza; la gente se inventa oficios para sacarse unas pelillas.

Posteado por: victordetord | 15 mayo, 2010

Chaquistes y hogar

Pasamos la mañana paseando por las calles de Veracruz en el Honda de Salvador y desayuné un par de empanadas que picaban cosa mala.

Primero, hicimos el malecón de punta a punta: una mitad estaba muy poco urbanizada y la otra aglomeraba decenas de bares, coctelerías y discotecas del lado mar, como aparcados en batería. Después, transitamos por las calles contiguas, en las que encontrábamos restaurantes con forma de crucero, grandes hoteles o chiringos de techo de paja bajo enormes carteles de las mismas marcas de cerveza.

Poca gente se bañaba, algún triciclo con sombrilla vendía refrescos elaborados con coco o sandía, las señoras se resguardaban del sol con paraguas y algunos atrevidos jugaban al fútbol playa sin importarles las elevadas temperaturas. Hice fotos de gente, pesqueros, el faro, la poli, carros tirados por un caballo, fachadas, una camioneta del ejército, autobuses, un campanario, taxis tuneados… y fuimos al taller a dejar el coche porque le fallaba la dirección asistida, mientras Marilyn hacía varios recados por su cuenta.

Habíamos comprado una nevera portátil –las hacen de porexpan para usar y tirar y valen muy poco, pero enfrían de puta madre y duran bastante-, hielo y cervezas, y aún quedaban unas pocas para hacernos la espera más llevadera. Marilyn tenía que venir a recogernos al taller con su Mini Cooper pero tuvimos que coger un taxi para ir en su búsqueda porque el tráfico estaba imposible por culpa de unas obras.

Salimos de Veracruz mucho más tarde de lo planeado e hicimos el máximo de camino posible para ganar tiempo. Yo insistí en sentarme detrás y me contorsionaba para sacar con dificultad alguna instantánea del viaje. A eso de las cinco de la tarde, finalmente, paramos a comer algo en un lugar muy bonito, con vistas a la laguna, en el que, según me dijeron, se comía muy bien. Y así fue. Mi pescado estaba de órdago pero no pude disfrutarlo del todo porque me pasé la comida espantando los insectos de mis piernas. Y como tenía tanta hambre por la hora que era, ni se me ocurrió pensar en ir al coche a por unos pantalones largos. El caso es que los putos ‘chaquistes’ –tan pequeños que ni los ves pero los más voraces que jamás probaron mi sangre- me inflaron a picadas y, salvo cuando me fui al jardín a observar un pájaro de color rojo intenso, lo pasé muy, pero que muy, mal.

Proseguimos nuestro camino, con el mar a la izquierda y la laguna a la derecha, hasta llegar a Tlacotalpan, el primer puerto español del nuevo mundo. Sus calles, tan coloreadas y tan llenas de arcos, invitaban a darse un paseo a pie. Nos apresuramos a curiosear sin rumbo fijo porque quedaba ya poco para que anocheciera y anduvimos por la plaza, callejones escondidos, el mercado o la orilla del río sacando fotos de todo lo que nos parecía interesante, como fincas despintadas, dos tipos empujando un vehículo averiado, cartelería singular, una furgoneta sin chapa que dejaba el tanque de gasolina y el catalizador al descubierto, el azul apagado de la iglesia o media docena de tragaperras en la pared exterior de un bar.

El último tramo del trayecto hasta San Andrés Tuxtla, el pueblo de Salvador en el que ya llevo unos días conviviendo con su familia, lo hicimos totalmente a oscuras, enganchando algún bache doloroso, porque las carreteras no tienen iluminación. Me aseguraron que era una región montañosa muy bonita y me prometieron que, como volveríamos a Veracruz o a Puebla tarde o temprano, tendría pronto ocasión de comprobarlo por mí mismo. Mientras, el copiloto se dormía a intervalos de veinte minutos –hasta llegó a roncar, y no veas si ronca el cabrón- y yo intentaba darle conversación a la piloto, preguntando cualquier tontería, no fuera a contagiársele el sueño de su futuro marido.

Al llegar a casa, saludé a mi nueva madre, que ya nos esperaba con semblante impaciente, conocí a mi nuevo padre, que me dijo algo como ‘para servirle’ y que no entendí bien del todo, me ofrecieron un refresco que pagué con una sonrisa de oreja a oreja, dejé los bártulos en mi nueva habitación y nos fuimos todos a cenar fuera.

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